domingo, 16 de febrero de 2025

Inmigración. Trump no hará más redadas... de momento

Va de geometría. dos círculos son concéntricos cuando tienen el mismo centro. Si no son coincidentes, uno será más "ancho" (tiene más radio) y contiene en su interior al que es menos "ancho" (tiene un radio menor). ¿Adivinen que son tres círculos concéntricos? Efectivamente, tres círculos que tienen el mismo centro y, si los radios son diferentes, uno contendrá a los otros dos, y de los dos restantes, el de mayor radio contendrá al de menor radio.  

Acabo de sentirme como Tip y Coll explicando cómo llenar un vaso de agua: 



Cambiamos a la sociología del trabajo. Si pensamos en la generación nacida en los años 40 y 50 del siglo XX, lo habitual es que una persona (normalmente hombre), entraba a trabajar en una empresa (normalmente industrial o en la construcción) y pasaba el resto de su vida laboral trabajando en esa empresa. Si era un pelín ambicioso y/o espabilado, ascendía dentro de la empresa. Podía hacer una carrera profesional, al tiempo que podía tener un proyecto de vida: casarse (así eran las cosas por entonces), tener hijos e hijas, comprase una vivienda, comprarse una segunda vivienda, acceder a cierto nivel de consumo... al tiempo que el trabajador adquiría derechos, como el acceso a los sistemas de salud y de pensiones. La norma social del trabajo, la que establecía que quien trabaja estaba dentro de la sociedad, tenía plena vigencia. Claro está que, en España, esto iba con retraso con respecto al resto de Europa occidental. El primer círculo. Color de rosa, un poco deslucido en la piel de toro, eso sí. 

Esos trabajadores tuvieron hijos e hijas. Ellos se habían manchado las manos de grasa, de cemento, de basura, y esas manos se habían encallecido. Habían usado monos y camisas azules que, después de una jornada laboral que podía incluir horas extras que se pagaban, olían a sudor. Estos obreros, que tenían claro que eran eso, obreros, decidieron que sus hijos e hijas no se mancharan las manos y que el cuello de la camisa fuera blanco en lugar de azul, y que usaran bata blanca en lugar de mono azul. Y como con lo que ganaban, con un solo sueldo, les permitía que sus hijos e hijas no tuvieran que incorporarse tempranamente al mercado de trabajo, decidieron que estudiasen. Y estudiaron, vaya que si estudiaron. De hecho, las universidades se llenaron de hijos de obreros. Y se incorporan al primer círculo. 

Pero las cosas ya no eran iguales. Estos hijos e hijas ya no se sentían obreros, la economía se fue globalizando, Thatcher y Reagan hicieron de las suyas... y estos recién llegados al primer círculo vieron con el tiempo como las empresas se fusionaban, cambian de nombre, desaparecían, les prejujbilaron... Según el sociólogo francés Robert Castell, la clase obrera había perdido la guerra. Surgía el segundo círculo.

El segundo círculo, concéntrico al primero e interior al mismo, lo fueron llenando los que después se fueron incorporando al mercado de trabajo. Los nietos de los nacidos en el los años 40 y 50, vieron como las condiciones laborales se degradaron reforma laboral tras reforma laboral. como el cuento de la meritocracia era eso un cuento, y como no sólo no podían desarrollar carreras profesionales, sino que lo de hacer un proyecto de vida como sus abuelos y sus padres, era completamente inviable. El segundo círculo se consolida y, conforme las cohortes de trabajadores se van jubilando (es el turno de boomers), va ocupando el espacio del primer círculo.

Y en esto llegaron los inmigrantes. Nadie inmigra por gusto, sino huyendo de las pésimas condiciones de sus países de origen. Además, en el caso concreto de España, lo de que vienen a quitarnos el trabajo es una falacia, en un país con una demografía que roza el colapso. No es que España haya tenido nunca una población como para tirar cohetes. En el siglo XVII, los Austrias, tan aficionados ellos a los impuestos, crearon uno para los varones solteros, a ver si así se animaban a tener casarse y procrear. En el siglo XX, como en otros países católicos, la natalidad terminó por desplomarse. Si, cumpliendo el sueño húmedo de algunos, expulsamos a todos les extranjeros y forzamos a trabajar a todos los desempleados, faltarían un millón de personas trabajadoras.

Dicho esto, estas personas inmigrantes ocupan los nichos laborales que los nacionales no ocupan por estar mal pagados y tener peores condiciones laborales: de la agricultura a los cuidados, pasando por la hostelería. Le escuché a una inmigrante que ellos venían porque los españoles éramos unos flojos. Pues mire, no, que usted llegó a un país que una clase obrera levantó de la ruina de una guerra civil y que aportó tres millones de trabajadores al milagro europeo de la postguerra mundial. Ni los españoles somos unos flojos ni los inmigrantes nos quitan el trabajo. 

Estos inmigrantes, incorporados al segundo círculo, aspiran, con respecto a sus hijos e hijas, a lo mismo que nuestros abuelos: que sus hijos no se ensucien las manos. Pero aquí viene el tercer círculo. Al inmigrante, sobre todo al que está sin papeles, que no se identifica con el trabajador nacional, que no está sindicado, que no tiene derechos políticos, que tiene miedo a ser deportado, se le puede explotar más y sale más barato. Nace así el tercer círculo: el de los trabajadores que esperan todas las mañanas en la plaza elíptica de Madrid que alguien les ofrezca un trabajo en la construcción o los que trabajan en campañas agrícolas o cuidan de las personas mayores.  

Dice el presidente de los Estados Unidos que va a expulsar a todos los inmigrantes "ilegales". Y mientras le veo decirlo en el telediario pienso "¿quién va a recoger las naranjas en California?". A comienzos del siglo XVII, los Austrias expulsaron a los moriscos. Las quejas de los nobles terratenientes valencianos no se hicieron esperar. Serían musulmanes, pero trabajaban las tierras, se encargaban de la seda, de la artesanía. Todavía se oyen las carcajadas del sultán otomano por tan hábil política económica. Primero te deshaces de una mano de obra cualificada, como eran los judíos, y luego de otra mano de obra cualificada, como eran los moriscos.

Me da que lo que hay detrás de la primera gran redada, muy televisada, no vendrán otras hasta que los asuntos de política interior necesiten una cortina humo. Habrá otra redada cuando baje la popularidad o haya un escándalo que tapar. Cortina de humo, como la película protagonizada por Robert de Niro y Dustin Hoffman 


Pero los inmigrantes y, en especial, los sin papeles, también pueden servir de cabeza de turco, a la manera de los judíos en la Alemania nazi: todo lo malo que pasa en nuestra sociedad es culpa suya: de la delincuencia a la suciedad la ciudad, todo.  

Pero lo más importante, es que sirven, a modo de ejército de reserva industrial, para degradar las condiciones laborales, de manera que el tercer círculo se coma al segundo y a los restos del primero. Para eso es importante mantenerlos sin derechos, y separados de la clase trabajadora autóctona. Al final no se trata más que de eso, de contar con un proletariado de servicios sumiso y barato.  

Hay otra alternativa, que viene de la Hungría de Orban, pero eso lo dejamos para otra entrada.   


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