Hará cosa de cuatro años, formando parte de un equipo de vecinos de Usera, me presenté a un premio de investigación social organizado por la Fundación Foessa. Presentamos un trabajo sobre la gentrificación en el distrito de Usera. Comenzaba el estudio con un cita de Federico Engels, que fue el primero que describió un proceso de gentrificación en un libro dedicado al problema de la vivienda. Obviamente no ganamos. No por la cita de Engels, sino porque el nivel del premio es alto.
Otro día le dedicaremos un espacio a la gentrificación, a su definición, proceso e indicadores. Hoy sólo vamos a hablar de un indicador: la hostelería. Si en una zona los bares tradicionales desaparecen, y se convierten en bares de diseño o bares con pretensión de ser tradicionales, alerta porque puede estar uste en una zona gentrificada. Esto de los bares con pretensión de ser tradicionales lo explican muy bien los chicos de Pantomima Full:
En poco menos de dos minutos tenemos un estudio sociológico sobre hábitos de consumos de un grupo social: la pseudoclase media cuasi ilustrada madrileña: los que no pueden pagar una hipoteca, ni se afiliarían a un sindicato, pero que en cuanto pueden se meten en un avión con un pasaje low cost camino de Berlín o Quito y pagan 2,50 euros por una gilda, porque "saben" y no buscan el "postureo" sino lo "auténtico". Un paseo por el barrio de la Letras (otro invento) y el vídeo de Pantomina Full y ya no se precisa más explicación sobre la gentrificación.
Dos euros con cincuenta por una gilda, también conocida como banderilla: gentrificación lograda. Ensartas en un palillo varios encurtidos y un salazón y ya tienes una gilda y un negocio redondo: entre el precio de producción y el de venta pueden mediar dos euros con cuarenta, o con treinta si consideras sueldos e impuestos (contengo la carcajada sobre los sueldos y los impuestos). Para que semejante estafa cuele, hay que crear clientela. El trabajo, en sentido gramsciano, lo pueden hacer los gurús de la sección gastronómica de un medio de comunicación importante. A los de El País se le da bien. Una búsqueda en Google y tienes artículos publicados por este medio sobre esta materia (mínima): un aperitivo castizo cargado de modernidad. Este medio le ha dedicado a la banderilla varios artículos entre 2018 y 2024. No se explica como algo tan elemental como una gilda da para tando, salvo por pereza de los redactores.
En conclusión, cuando te cobran 2,5 euros por lo que antes de ponían de tapa con una caña, sabes que estás en un barrio gentrificado.
En la calle Santa Isabel, junto a la plaza de Antón Martín, hay un bar, El Parrondo, que podría ser uno de esos bares de viejos moderno que describen en su vídeo los cómicos de Pantomina Full. Y podría ser así, si sólo miras la carta: hamburguesas, falafel, hummus... Pero el hecho de que sea evidente que la última inversión en la decoración del local se debió hacer en la época de Naranjito, allá por el principio de los años 80; el tipo de música, del jazz al heavy; que no tengan redes sociales; la apariencia de la camarera, amable pero sin excesos postmodernos, que te dice un "salud" rotundo cuando te sirve la bebida, que acompañado de un "camarada", formando un "salud camarada", nos retrotraería de nuevo a los primeros 80; y sobre todo, los precios razonables, nos llevan a pensar que se trata de otra cosa: de una rara avis apoyada al borde del abismo turistificado, gentrificado o ambas cosas que es el barrio de las Letras y que será Lavapiés.
Así pues, me permito dos recomendaciones. La primera: visiten el bar Parrondo y, puesto a pedir, pidan lomo a la sal, que va acompañado de una salsa hecha con mayonesa y ajo negro resultona.
La segunda sugerencia es que aprendan a encurtir y ahórrense el timo de la gilda a 2,50. Es sencillo. Les dejo un vídeo ilustrativo:
De vez en cuando, por los parques de Usera, se pueden ver a chinos y chinas recogiendo hierbas. Se ha de suponer que son comestibles o medicinales y que saben lo que están recogiendo. Pero es un riesgo, recoger hierbas sin saber si se han contaminado con productos fitosanitarios de las utilizadas habitualmente en la zonas verdes. Por no hablar del riesgo de que lo que te vayas a comer esté regado por la orina de un perro o una rata. Muchos números para acabar en el Doce de Octubre, a la espera de un diagnóstico improbable al modo de House MD.
Entre las plantas comestibles que se pueden ver en descampados, alcorques, parques o huecos en el pavimento está la verdolaga (Portulaca oleracea L.).
Es una hierba anual, sin pelos (glabra), con el tallo verde o rojizo, frecuentemente a ras de suelo (rastrero). Las hojas son alternas u opuestas, suculentas (al tacto "gorditas"), casi sin peciolo (pegadas al tallo), y con el margen entero (el borde liso). Las flores son minúsculas (de 3 a 10 mm), solitarias o en racimos de floración progresiva. Cinco pétalos, amarillos, y entre 6 y 12 estambres. El fruto es una minúscula cápsula (pixidio: se abre al madurar) que contiene unas semillas negras de entre 0,6 y 1,2 mm
Este ejemplar está en el huerto de San Juan de Ávila, en el barrio de Zofío (Usera, Madrid), a salvo de de meadas de perro y rata:
Se comen las hojas y los tallos. Y si haces caso a alguna web, las flores. En este vídeo podemos ver una receta de ensalada y otra de tortilla. Un entusiasta el cocinero italiano, pero las recetas carecen de imaginación: previsibles.
Propiedades medicinales también tiene. En esta web se detallan sus usos médicos y se dan referencias bibliográficas. Es la mayor fuente vegetal de Omega 3; se usa para eliminar lombrices intestinales; hay estudios que demuestran que podría usarse para combatir el cáncer de pulmón y de hígado.
Y le llamamos mala hierba. Pero también nos reímos de vez en cuando de los chinos.
En noviembre de este año, la
Universidad Complutense de Madrid organiza un congreso de Ciencias de las
Religiones. En principio, presento una comunicación sobre la extensión del
evangelismo en España de la mano de la inmigración latinoamericana, tomando
como ámbito de estudio el madrileño distrito de Usera.
Resulta que en este distrito,
conocido por la presencia de una comunidad china que tapa un galopante proceso
de gentrificación, hay más iglesias evangélicas que templos católicos, además
de estar más concurridos y por una feligresía sensiblemente más joven que la
católica. A futuro, si esta comunicación da para más, habrá que estudiar si las segundas y
terceras generaciones de inmigrantes sufren un proceso de “asimilación
religiosa” y, como el resto de la sociedad española, se secularizan como sus
coetáneos españoles.
El proceso de expansión del
evangelismo por América Latina ha sido objeto de una
amplia literatura científica. También la implicación política de los
evangélicos en la política de cada una de las naciones latinoamericanas.
La extensión de las iglesias
evangélicas fue apoyada desde los Estados Unidos, generosamente regado de
dólares. Conocido es el hecho de que, a comienzos de los ochenta, la teología
de la liberación había ganado fuerza y se había constituido en una fuerte
oposición a los intereses norteamericanos en la región. La represión fue una de
las vías utilizadas para frenarla. El asesinato del conservador Óscar Romero
sirve de ejemplo. La otra, la que hemos mencionado: extender unas formas de
cristianismo, socialmente conservador cuando no reaccionario, que sirviera de
freno a la teología de la liberación, nacida en el ámbito católico.
Teológicamente estas iglesias son
muestras de pensamiento débil. Los matices teológicos se dejan de lado, para
poder establecer alianzas entre las diferentes iglesias. Pero esto también
permite que personas que no tienen una adscripción eclesial se sientan
identificadas con el evangelismo teológicamente difuso. Más que un corpus de
creencias es un conjunto de actitudes ante determinados temas (raza, aborto,
liberación de la mujer, islamofobia…). Eso sí, una cristología de lo más
sorprendente, con un Jesús machote que podría acompañar a John Wayne en
alguna de sus aventuras.
Tampoco los pobres y mucho menos su
emancipación tiene un lugar central en su teología. Ni si quiera la mera
asistencia social. Lo suyo es la teología de la prosperidad: Dios elige a los
suyos, y esa elección se pone de manifiesto en su prosperidad material. El que
es pobre lo es posiblemente por sus pecados. Al fin y al cabo, Calvino y su
doctrina de la predestinación están en los orígenes del evangelismo.
Entre lo que he leído para preparar
la comunicación, está un libro de Kristin Kobes du Mez, Jesús y John Wayne. Cómo
los evangélicos blancos corrompieron una fe y fracturaron una nación, publicado
por Capitán Swing . Una de las virtudes de este libro es la de ayudar a entender como
Trump pudo ganar unas elecciones en su país. Y cómo puede volver a presentarse
con posibilidades de volver a ganar.
Y este libro ayuda a entender
también una inquietante afirmación de Margaret Atwood en el prólogo de su novela
El cuento de la criada: para escribir su libro se había basado en hechos
que había encontrado en la prensa. Ahí lo dejamos.
Nunca dejará de sorprenderme la manera que Occidente ha transformado la celebración del nacimiento de Jesús de Nazaret (personaje histórico) o Jesucristo (el Cristo de la fe, para los creyentes) en una pantagruélica celebración del consumo.
Quizás sea porque son pocos los que viven de manera coherente en la enseñanzas de Jesús de Nazaret, plasmadas claramente en los evangelios. Quizás sea, también, porque muchos no acaben de creer del todo lo recogido en esos escritos bíblicos. En una viñeta, Quino muestra a una señora con un abrigo de pieles que da limosna a un persona que pide a la puerta de una iglesia, al tiempo que dice algo así como "como os la habéis apañado los pobres para quedar bien en los evangelios".
El caso es que en coincidiendo con la celebración del nacimiento de quien dio un protagonismo central a los pobres, se dispara el consumo de manera orgiástica. Eso estando al borde el desastre ecológico.
Si estamos al borde del colapso. El ser humano (unos más que otros, en función de su nivel de consumo, todo sea dicho) se ha convertido en una plaga para el planeta. Recordemos que la Tierra es un sistema cerrado y los recursos limitados, siendo la luz solar el único insumo que viene del exterior. Y ese planeta viven varios miles de millones de humanos que consumen recursos como si estos fueran ilimitados (unos más que otros, insisto). Hemos llenado el planeta.
Verdolaga. Esa la mala hierba que aparece en la fotografía inferior. Es comestible. En un parque cogí una pequeña planta y la trasplante en es maceta. Es una planta que crece a ras de suelo y de manera radial. Así si un vaca, por ejemplo, la pisa la planta sufrirá daños, pero una parte considerable de la planta permanecerá indemne. La pequeña planta ya ha ocupado la totalidad de la maceta. Incluso la ha desbordado. En el proceso, el resto de plantas que nacieron de manera espontánea en el macetero han desaparecido masacradas por la verdolaga. Algo así hemos hecho los humanos (unos más que otros) con el planeta.
Fíjense ahora en el cactus de la siguiente fotografía.
Exactamente lo mismo. La planta ha desbordado la maceta y un tallo cuelga, buscando espacio para seguir creciendo. Si encontrara otra maceta debajo, haría exactamente lo que la lectora está pensado: colonizaría la nueva maceta.
No hay planeta B suelen decir los ecologistas. Pero lo cierto es Elon Musk y otros multimillonarios están demasiado interesados en la carrera espacial. Quizás sea han dado cuenta de que gracias principalmente a ellos, el planeta A ya está lleno y esquilmado, y se estén preparando para que sus nietos busquen ese planeta B.
Si pueden, y Rey de Reyes o el peplum que hayan programado las televisiones no les interesa, busquen No mires arriba. Es muy ilustrativa. Feliz Navidad.
No has dormido bien. Puede ser que tu hijo pequeño ha pasado mala noche y su tos o su llanto no te han dejado pegar ojo. Puede ser que tu padre con Alzheimer se levanta cada media hora y se viste para ir a trabajar, refunfuñando porque el despertador no ha sonado. Puede ser que se acerca el primer día de mes, y no tengas con qué pagar la mensualidad de la hipoteca o el recibo de la luz. O que vives hacinado en un piso por el que pagas una cifra astronómica.
El transporte público, con sus retrasos y la aglomeración de viajeros, tampoco ayuda. Sales del metro o te bajas del cercanías sudada, cansada y enfadada. Llegas a un trabajo donde tu jefe considera que ser arbitrario, humillar a su subalternos, forma parte de las skills del buen líder. Quizás tenga el pene pequeño, su vida sexual sea un desastre o en la infancia le laminaron la autoestima por ser pobre y gordo y llevar gafas. Pero lo pagas tú. El salario no da para mucho, y encima no sabes si, a pesar de que ahora los contratos se presupongan indefinidos, te echaran antes de que finalice el período de prueba o te echen usando alguna escusa que se parezca vagamente a las causas de despido objetivo. El trabajo que te toca hacer es el dos personas, está mal organizado, tu responsable directo no te respalda y cuestionar cualquier cosa te acerca a la pérdida del empleo. Tienes que salir corriendo conforme salgas del trabajo, porque no llegas a recoger a tus hijas al colegio. Eso si no te tocas quedarte, hacer horas extras que no te van a compensar, porque hay que sacar el trabajo entre todos y mostrar compromiso con la misión de la empresa (que suele ser generar beneficios para sus propietarios). Otro viaje en transporte público. Luego tocará la segunda jornada, en casa, sobre todo si eres mujer. Mejor dicho, si eres mujer.
Cuando llegas a la cama, te pareces a Jack Nicholson en Alguien voló sobre el nido del cuco.
Con el paso del tiempo notarás que tienes problemas musculoesqueléticos, probablemente el cuello te duela o la mandíbula se te ponga rígida, dormirás mal, tendrás problemas gástricos... Pero te dirán que no sabes manejar el estrés, que te faltan competencias personales. Y te dirán que hagas mindfulness o deporte o que tomes infusiones, que leas libros de filosofía estoica o que disfrutes de los pequeños placeres de la vida (los que te puedes pagar, claro). Si la cosa va a más, un día vas a la consulta del médico de atención primaria que, probablemente te recete diazepam o cualquier otro ansiolítico. Otra opción, si te la puedes permitir, es acudir a la consulta de una psicóloga.
En cualquier caso, como digo, te dirán que eres tú y tu falta de competencias emocionales. La psicologización de las relaciones laborales. El diagnóstico y la solución que interesan a los que quieren que no cambie nada. Al contrario que algunas rupturas sentimentales, eres tú, no yo.
Pero las cifras nos hacen pensar que la cosa es más compleja. Hasta el 1 de octubre de 2023, se han producido 451.646 bajas laborales por salud mental. En mayo de 2023, se batió el récord histórico, con 56.000 bajas mensuales, por encima de las 51.000 bajas mensuales durante el confinamiento. Estas bajas suponen el 15% del total de las bajas. Con mayor incidencia entre las mujeres (17%) que entre los hombres (12,4%). La duración media de estas bajas es de 108 días, sólo superadas por las causadas por los tumores y las cardiopatías. La tendencia, desde 2016 ha sido claramente alcista: se han incrementado las bajas por problemas mentales un 81,5% desde 2016. En términos económicos, el coste de la depresión en España supera los 6.000 millones de euros anuales.
No parece que sea un problema individual. Y las causas tampoco parecen estar en déficits personales. Más bien tiene que ver con la reorganización o la inseguridad en el puesto de trabajo. trabajar muchas horas y una carga de trabajo excesiva, o el acoso y la violencia en el trabajo.
El informe sobre salud mental del Relator Especial para el derecho a la salud de las Naciones Unidas para, de 2019, dice deja claro la correlación directa entre un sindicalismo fuerte y la mejor salud mental de las trabajadoras. Al fin y al cabo, donde hay sindicatos fuertes la protección de la salud laboral es mayor, las cargas de trabajo y la precariedad laboral menores, existen protocolos contra el acoso en todas su formas...
En conclusión: para afrontar problemas de salud mental relacionados con el trabajo, es mejor afiliarse a un sindicato que acudir a la consulta de una psicóloga.
En 2002 desgobernaba España José María Aznar. Poco antes de casar a su hija en El Escorial, una boda llena de futuros presidiarios, su desgobierno aprobó una reforma laboral que enflaquecía el ya famélico subsidio de desempleo. Por entonces yo era militante de la Juventud Obrera Cristiana (JOC) y de Comisiones Obreras. Lo segundo diría que es genético y que estaba predestinado a serlo.
Con esas militancias y con una huelga general a la vista, tenía un cerro de números de cruzarme con la UIP, los antidisturbios, y tener un desigual intercambio con ellos. Desigual porque, aunque tenía 21 años menos, con 21 años menos de lecturas, dialécticamente ya estaba bastante entrenado. Pero los alegres muchachotes de la UIP tenían sus porras y sabían usarlas. Siempre me preguntado porque los policías llaman defensas a algo que esta pensado precisamente para lo contrario, la agresión.
El caso es que formaba parte un aguerrido piquete de militantes de la JOC, de la Asociación de Vecinas La Amistad de Canillejas, un sacerdote y dos religiosas. Vamos, los chicos de Líster, la vanguardia el Ejército Rojo. En la puerta de un centro comercial en el distrito de San Blas informábamos a la gente de que, con toda probabilidad, en su momento de sus precarias vidas laborales (insisto: San Blas) necesitarían el subsidio de desempleo y que no era el mejor día para comprar. Entonces llegaron ellos, seis centauros subidos en sendas motocicletas. Esperábamos lecheras y llegaron scooters. Un poco más y llegan en un vespino. Berlanga lo hubiera gozado.
Se distribuyeron alrededor nuestro, y a mi me toco un agente ya entrado en años y al que la noche de vigilia persiguiendo sindicalistas de los de verdad le estaba pasando factura. Unos minutos después, por sacar un tema de conversación le pregunté al agente que si no tenía algo mejor que hacer, digamos que algo con mayor utilidad social. La respuesta fue hilarante: "Estoy aquí para defender el derecho al trabajo". Dudo mucho que supiera lo que me decía y la cara se le fue llenando de arrugas y las ojeras casi le tocaron la barbilla después de la perorata que le solté sobre el derecho fundamental que es la huelga. En un momento, de repente. se transformó. No sé de donde sacó la energía, pero dijo algo como "Disuélvase o te crujo", poniéndome la defensa muy cerca de la cara. Qué incoherencia pensé: pasó del uso del usted al tuteo, al tiempo que me pedía algo que era física, biológica e incluso metafísicamente imposible: que por mis medios me disolviera. Entonces alguien del piquete dijo, mientras apretaba los ojos y hacía una mueca de esfuerzo, "agente de verdad, lo intento, lo intento de verdad, pero no puedo disolverme". La risotada general se alzó poderosa hacia el cielo (recuerde la lectora la composición del piquete)
Lo que les faltaba a los fatigados servidores públicos. Al gracioso le cayó la del pulpo. Y yo me sorprendí a mismo corriendo más rápido de Usain Bolt en la final de los cien metros lisos en los juegos olímpicos. Luego pensé que valiente, lo que se dice valiente, no estuve. Y me fustigué tarareando una canción de Billy Bragg, Never cross a picket line.
Me acordé de mi sanchopanzista huida viendo por televisión a un atribulado antidisturbio pidiendo por favor a unos manifestantes que desalojaran la calle Marqués de Urquijo. Por favor. Y para darle más contundencia a su demanda les dice que no puede hacerlo con más amabilidad. O tempora o mores.
P.S. Diez años después, en la huelga general de marzo de 2012, pasé de huir sanchopanzistamente a una postura más quijotesca. Será porque ya no podía correr y de la necesidad, virtud.
He sido especialmente feliz en varios sitios. En librerías (sobre todo en la cuesta de Moyano) y en bares. Cuando uno dice que ha sido feliz en la librerías,, se corre el riesgo de quedar como un pedante. Pero es cierto: encontrar un libro de Vázquez Montalbán o de Leonardo Sciascia descatalogados es un placer asumible para alguien que tiene un sueldo magro, por poner un adjetivo suave a mi sueldo.
Por otro lado, si uno dice que ha sido especialmente feliz en los bares, pues queda como un beodo. Pero las vivencias no están necesariamente vinculadas al consumo de alcohol o de alimentos fritos en aceites de dudosa calidad y excesivamente reutilizados. La felicidad provenía de compartir la cerveza o el kalimotxo con otras personas. Noches que se alargaban entre el humo, los minis y las conversaciones en un bar llamado La Pepita, en Malasaña, junto con con un grupo de freaks... Proust tenía una magdalena, yo el sabor del kalimotxo y las alitas de pollo. Cutre, pero feliz.
El caso es que en The Economist he leído un artículo titulado Apart, together, sobre tendencias en el consumo en países ricos. Básicamente dice el autor que si bien los indicadores macro, incluido el empleo, han vuelto a sus niveles previos al COVID, el consumo en los pubs y bares no se recupera. Los consumidores en los países ricos se han convertido en ermitaños. Consumen, sí, pero en sus casas, gastándose el dinero en bienes. Bicicletas estáticas, por ejemplo.
A mi me da que no es lo mismo pasar la tarde del sábado montando en bicicleta estática, viendo una serie, que pasarla jugando al risk o al trivial en La Manuela (lo mío son los bares con nombre de mujer, parece ser), con un rendimiento como jugador inversamente proporcional al número de gin tonics y a la hilaridad sobrevenida que el alcohol y la conversación producen. Y, de vez en cuando, el amor. Ya lo decía Gabinete Caligari: no hay como el calor del amor en un bar.
Es posible que si la lectora de estas líneas viva en esta fiesta de la hostelería que es la Comunidad de Madrid, argumente que aquí los bares están atestados. Pues sí, pero algo tiene que ver el fenómeno de la turistificación. Pero ese es otro debate.
Más solos, más aislados. Cambio antropológico. El neoliberalismo avanza victorioso en la lucha final.
Por un rato me gustará parecerme físicamente
menos a Sancho Panza y más a Paul Newman en Éxodo. La película de Otto Preminger, basada
en la novela homónima de Leon Uris, es una apología sionista: unos judíos
muy buenos y unos palestinos muy siniestros.
He buscado relatos
y películas en las que se den intercambios de cuerpos y mentes. Relatos de
intercambios de fundas corporales (el concepto no es mío: gracias a la compañera que lo compartió conmigo). No
he encontrado gran cosa, menos que merezca la pena.
Pero me he puesto a fantasear: cómo sería mi vida con la percha de Paul Newman, y de ahí he pasado a pensar en
cómo resultaría el intercambio entre Netanyahu y una mujer palestina embarazada
y fuera de cuentas en Gaza. Y de ahí he pasado, poniéndome estupendo, a pensar en el papel del pueblo
palestino como mano de obra barata y sometida en la economía israelí, encerrada
en un bantustán como en el que los afrikaners pretendieron encerrar a los africanos
de color durante el apartheid (https://laboromniavincit2018.blogspot.com/2020/09/).
Porque me da que este conflicto se
puede resumir de la siguiente manera: las ultraderechas laica y religiosa israelíes se enfrentan a la ultraderecha religiosa palestina, según la opinión del
profesor de filosofía del derecho de la Universidad de Valencia Javier de
Lucas. A lo que añado que ambas sojuzgan a la clase trabajadora palestina de
Gaza. Con lo que el conflicto, en realidad, no es sino una expresión más de
lucha de clases. Quizás si la clase trabajadora israelí fuera consciente de su
sometimiento a las ultraderechas laica y religiosa y, rizando el rizo,
los trabajadores de la industria de armamentos tomaran conciencia de su ser
obrero y humano y se declararan en huelga mientras dure el conflicto, lo mismo
se paraba la masacre en Gaza.
Pero se me antoja que esta última
ensoñación va a ser difícil que se haga realidad. Tanto como que Bibi Netanyahu no se vea lo pies por
culpa de su avanzado estado de gestación. Tanto como que yo me mire al espejo y sonriendo me diga “qué
ojazos azules tienes, bribón”
Cuentan que allá en los comienzos del siglo XX,
la naviera Transmediterránea pasaba por una mala racha. Daba pérdidas. Así que
el Consejo de administración de la compañía decidió contratar a un ingeniero
naval, del cuerpo de ingenieros de la Armada, para ver si reflotaba (en sentido
económico) la empresa. Nicolás Franco, que es como se llamaba el ingeniero,
comenzó su tarea con muchas horas de trabajo. Trabaja de sol a sol y, a
menudo, hasta bien entrada la madrugada. La empresa se fue enderezando. Por fin,
un trimestre dio un saldo positivo. Trimestre a trimestre los resultados fueron mejorando. Y de manera inversamente proporcional a los beneficios, el tiempo de presencia en el despacho de don Nicolás fue disminuyendo.
La cosa llegó al punto de que don Nicolás se
pasaba de vez en cuando por su despacho, pedía algunas informaciones, tomaba
alguna decisión y se marchaba. Ante tal desfachatez, el presidente del consejo
de administración, que había contratado a don Nicolás, por un buen dinero todo sea dicho, le
llamó a capítulo. Ante la reprimenda por su escasa presencia don Nicolás
respondió: “esto es como un reloj de cuco averiado. Yo lo he arreglado, y ahora
que funciona basta con venir a darle cuerda, el resto del tiempo lo puedo pasar
en casa”. Dicho esto con acento gallego, porque don Nicolás era ferrolano.
El Ferrol del Caudillo, del Caudillo al que Nicolás llamaba hermano, porque
efectivamente era hermano de Francisco Franco.
Supongo que Nicolás Franco sería un buen ejemplo
para los trabajadores de Tik Tok, que han ido a la huelga porque les quieren
quitar el teletrabajo y por el daño psicológico que implica pasarse la jornada
laboral viendo vídeos de contenido dudoso.
El tiempo. El tiempo de trabajo, su distribución
en jornadas anuales y diarias, el tiempo de descanso entre jornadas y el
descanso semanal, las vacaciones pagadas, los días de asuntos propios… El
tiempo ocupa un lugar no menor en los manuales de Derecho del Trabajo. También
el lugar de prestación del trabajo tiene su espacio en esos libros. El tiempo y
el espacio en el que se lleva a cabo la prestación son el resultado del
conflicto regulado que son las relaciones laborales, y la regulación del tiempo
y del espacio se reflejan en los convenios colectivos, por ejemplo.
Esta regulación tiene su origen en el marco en
que se surge y se desarrolla el Derecho del Trabajo. Un marco en el que el
obrero industrial y el jornalero agrícola eran los principales modelos de
trabajador. De manera que el trabajo había
que realizarlo en un lugar concreto (el taller fabril, un campo de cultivo) en
unas horas determinadas. El trabajo en la cadena de montaje solo se puede hacer
en la propia fábrica y coincidiendo con el resto de obreros que trabajan en la
cadena. Si no es así, no es posible que funcione la cadena.
Pero el trabajado ha sufrido una metamorfosis
profunda, de manera que en nuestro país ya no quedan apenas obreros
industriales, y si abunda el proletariado de servicios. Esos que han estudiado
para trabajar, pero que viven y trabajan peor que otros trabajadores menos
cualificados. Gran parte de su trabajo, puede que todo, no requiere un lugar
fijo para ejecutarlo y es posible hacerlo con flexibilidad horaria. Piensen en
un programador informático, por ejemplo.
Pero al parecer la cultura del presencialismo
está muy vigente en España. Como los horarios completamente irracionales, con
largas pausas para comer. Esto se lo debemos al hermano de Nicolás, Francisco. Lo dejamos para otra entrada.
Fernando es una persona que
proviene de América Latina. Es muy correcto, con un habla pausada, suave como
el café de su tierra. Lleva dos años en España, huyendo de una extorsión y de
las amenazas de muerte que recibió al no querer pagar. Salió de la jungla verde
y viva para meterse en el desierto agreste de nuestra legislación de
extranjería. Solicitó asilo, se lo denegaron, recurrió y ahí sigue, esperando
que se resuelva el recurso. Vamos juntos en el metro, camino de un trámite.
Cuenta historias entre silencios más o menos prolongados. Unas son anécdotas
jocosas. Otras no tanto. Cuenta que estuvo en la campaña de la aceituna, que le
cobraba el patrón nueve euros diarios por el transporte desde el pueblo al tajo,
que les cobraba por los guantes y por el macaco,
el cesto que se acopla al dorso para ir depositando las aceitunas, que les
pagaban cinco euros por capacho lleno (unos 10 kg), que otros jornaleros se
drogaban para poder aguantar el ritmo del trabajo… Hace otra vez una pausa,
sonríe, mira a la gente que atesta el vagón de metro y me dice con voz queda:
“huele a humanidad, pero me gusta pensar que Jesús, que prefería la compañía de
los pobres, viaja con nosotros en metro”.
Ismael también viene de América
Latina, como Fernando, pero más al sur. También muy correcto. Si nos pusiéramos
a contar la frecuencia de cada palabra que usa un tercio serían señor, por
favor y gracias. También tiene un acento dulce. A veces, cuando le escuchas
relatos de su vida su voz tiene el timbre inconfundible de la verdad
humana.Llegó a España muy joven,
engañado con una falsa oferta para jugar en un equipo de fútbol. Ha tenido que
trabajar de todo. Cuenta que en un pueblo le contrataron para limpiar el
polideportivo municipal. En una de esas coincidencias berlanguianas, el campo
de fútbol colindaba con el cementerio municipal. Trabaja con un compañero
español y tenían un encargado. Una mañana el encargado les dice que tienen que
trepar a lo alto de las torres de iluminación del campo y limpiar los
reflectores. Sólo traía un arnés que le dio al compañero español. Ismael
preguntó que sí para él no había otro. El encargado le dijo que no, que sólo
para el español y que si se caía lo hiciera del lado del cementerio para
ahorrar trámites. El encargado soltó una risotada, al tiempo que el compañero
español bajó avergonzado la cabeza. Cuando el encargado se fue, su compañero le
dio el arnés. “Ahí no más entendí eso que decía Jesús de que todos los hombres
somos hermanos”.
Irene es una mujer risueña, con
un cuerpo tan fuerte como su risa. Viene de un país eslavo. De vez en cuando
suelta un refrán en su lengua y, a continuación, intenta traducirlo. La mayor
parte de las veces, carece de sentido en castellano. Y ante mi incompetencia lingüística,
se ríe. No se enfada porque no la entienda, simplemente se ríe y me mira con
compasión. En su país trabajó en una industria estatal, una fábrica de motores
o algo similar (nunca queda del todo claro lo que quiere decir). Al llegar a
España encontró trabajo en un almacén de ajos, en Albacete. Llegó a ser la
encargada. Pero se enamoró de un español, dejó el trabajo y se vino a vivir a
Madrid con él. Si hubiera que poner una foto junta a la entrada ‘maltrato’ en
el diccionario, la suya sería la más adecuada. Para salir adelante, trabajó de
interna. Cuenta que había mayores entrañables, que la trataban con cariño y
respetaban las condiciones laborales. Cuenta el dolor que sentía cuando
fallecían, y ella se quedaba sin techo, sin trabajo y sin derecho a prestación
por desempleo. Cuenta que había quien decía que sólo le pagaban trescientos o
cuatrocientos euros, porque ya le daban techo y comida. Cuenta las agresiones
que sufría de personas demenciadas y las insinuaciones rijosas de algún abuelo.
Ya no ríe. El rictus es serio. Termina. Hace un silencio. Los ojos se le
iluminan y suelta un refrán eslavo en el que los pepinillos (o las acelgas, no
me queda claro) juega un papel fundamental.
Trabajo decente. Seguridad e
higiene, pensiones, vacaciones, descansos, salarios dignos…
Voy a escribir un diálogo
socrático entre la ministra de Trabajo y su peluquera (presumo que es mujer). La
ministra volcará un torrente de datos y cifras sobre Macarena (me
imaginaba a la peluquera, sevillana, bética, cofrade y facha).
Macarena, contraargumentará que su hija, Maca, graduada en trabajo social, con un máster y
que habla inglés como el mismo Shakespeare, a lo más que puede aspirar es a
compartir piso con dos amigas y a tomarse unas cervezas algunos viernes, no
todos. Ni pensar en que se vaya a vivir con su novio (Macarena es derechas pero
moderna) y tenga hijos. ¡Con la ilusión que a Macarena le haría
poder regalar una camiseta del betis a su nieto o una mantilla para el Jueves
Santo a su nieta! (Macarena es moderna, pero sin pasarse)
El caso es que la ministra tiene datos. Y son
buenos. Nunca antes en España han trabajado tantas personas. La Encuesta de
Población Activa correspondiente al segundo trimestre de 2023, publicada en
julio, muestra que 21 millones de personas están trabajando. El desempleo ha
bajado a 2,76 millones de personas: el paro está en el 11,19% de la población activa (10,19% en el caso de
los hombres, el 13,16% en el de las mujeres). También ha mejorado la calidad
del empleo, como pone de manifiesto que el 81% de los 505.500 contratos
firmados en el primer trimestre del año son indefinidos. La ministra sonreía mientras
Maca le da caña al cepillo.
El caso es Maca tiene intuiciones en lugar de datos. No necesita
haber leído ningún informe del Observatorio de Precios de los Alimentos ni del
Observatorio de Vivienda y Suelo, para saber que con lo que gana Maca no da
para vivir para en una ciudad como Madrid. Macarena no necesita saber que es el
poder adquisitivo de los salarios ni cuál ha sido su evolución en los últimos
tiempos para poder afirmar con rotundidad que con 50 euros no compra lo que
compraba antes con 1.000 pesetas. Para muestra el siguiente gráfico:
Estudiar ya no implica obtener un empleo que
permita, no ya vivir con cierta comodidad, sino tener un proyecto de vida.
Trabajar ya no aleja el espectro de la pobreza. En la ciudad de Madrid,
trabajadoras sociales como Maca incluidas, el 70% de la población activa es proletariado de servicios, que trabajan
para el otro 30%, la global class.
Lo del diálogo socrático entre la ministra de Trabajo y su peluquera me vino a la cabeza después
de escuchar a Alfonso Guerra hacer un comentario machista sobre la ministra y
su afición a la peluquería. Pero
después de ver que un joven compañero de trabajo no sabía quién es el inefable Alfredo Urdaci, he pensado que quizás también haya que explicar quién es Guerra.
No da para mucho. Un fantasma. En 1974, en el congreso
del PSOE celebrado en Suresnes en el que el Departamento de Estado de los
Estados Unidos y el Gobierno alemán, desbancaron a la exiliada y anciana
dirección marxista del partido, colocando a unos jóvenes sevillanos al frente. Alfonso Guerra era uno de ellos. Los americanos y los alemanes se aseguraron de que contarían con una alternativa de izquierdas controlable en el caso de que, llegada la democracia, al
pueblo español le diera por probar un gobierno diferente. El propio Guerra
contaba que en ese congreso dibujó en una pizarra el esquema de cómo se iba a
desarrollar la Transición en España. Siempre ha presumido de una mente
privilegiada. En realidad, lo único que tenía era una lengua afilada y un
concepto demasiado elevado de sí mismo. Un Alejandro Lerroux sevillano.
En
1950, un astrónomo norteamericano A. J. Deutsch escribió un cuento
titulado A subway named Moebius. El argumento es el siguiente.
Tras una ampliación en el metro de Boston, un convoy desaparece, pero se sabe que
está dentro de la red porque consume electricidad y provoca que las señales de tráfico se activen. Le corresponde a un matemático de la Universidad de Harvard, Roger
Tupelo, el intentar explicar lo que ha pasado. Sospecha que la ampliación de la
red metro ha provocado que las propiedades matemáticas de la misma se
modifiquen, de manera que la conectividad de la misma pasa a ser infinita. El
tren estaría funcionando en una dimensión espaciotemporal adicional. Por
desgracia, se sospecha que el único matemático que podría aportar soluciones,
el profesor Turnbull del MIT, está en el tren desaparecido. Hasta aquí
contamos. Si quieren leer el relato completo está en este enlace.
En
1996, el director argentino Gustavo Mosquera trasladó la acción de Boston a
Buenos Aires. Ahora es un estereotipado matemático, Daniel Pratt, el encargado
de llevar a cabo la investigación. Si les da pereza leer el cuento, que además
está en inglés, pueden ver la película argentina en Youtube. Por cierto, en
1993 un director alemán, Matti Geschonneck, dirigió una película del
mismo título y la misma trama, pero no hemos encontrado mucho (casi nada) sobre
ella. Pereza, supongo.
Al
volver a ver la película y leer el relato de Deutsch pensaba en qué redes de
metro podrían ser susceptibles de alcanzar una conectividad infinita y perder
viajeros y trenes a espuertas. Quizás en el metro de Pekín, que es uno de los
sistemas de transporte el mundo que más rápidamente ha crecido.
Comenzó
a funcionar en 1969 con una única línea, para uso casi exclusivo de políticos y
militares. En 2006 tenía tres líneas y en 2008, año en que los Juegos Olímpicos
se celebraron en esta ciudad, contaba con ocho. En 2016, eran dieciocho líneas,
que movían diariamente nueve millones de viajeros. Está previsto que en 2030
sean más de 30 las líneas en funcionamiento, con más de mil kilómetros de vías:
la mayor red de metro del mundo.
En
otra entrada explicaremos qué es la conectividad de una red. Pero en una
aproximación, vendría a estar relacionada con la siguiente pregunta que se hace
un youtuber: ¿se pueden recorrer todas las líneas del metro de Pekín en un solo
viaje?
P. S. Los que vivan en Madrid, no teman: nuestro metro no da para aventuras topológicas como los de Boston o Buenos Aires.
Florián Lario era un sacerdote católico, en su momento párroco de San Juan de Ávila, en Usera.
Falleció hace unos días. La verdad es que yo no tuve contacto con él,
salvo un día en una reunión en la que le vi hacer una cerrada defensa del
progreso científico y tecnológico. En ese momento pensé en lo buen abogado
defensor de Galileo que hubiera sido ese señor mayor de maneras afables.
Galileo habría salido absuelto, sin duda.
Tiempo después, por motivos laborales,
tuve que pasar una mañana con otro sacerdote. Cuando desayunábamos, más por
conversar que por interés, el sacerdote me preguntó que donde vivía. Decirle
que vivía en Zofío, en Usera, no le aclaró mucho, pero cuando le dije que cerca
de la parroquia de San Juan de Ávila, levantó la vista de la taza de café y
dijo "vaya, la parroquia de los líos". Resultó que el sacerdote era
paisano de Florián. Me contó los intentos de agresión por parte de los
Guerrilleros de Cristo Rey, el incendio del coche del coadjutor, el atentado
contra el centro juvenil de la parroquia... Lo contaba con un tono aséptico,
como el que un entomólogo usa al hablar de los élitros de los coleópteros.
Terminó el relato, apuró el café y volvió a repetir "la parroquia de los
líos".
Cuando llegué a casa hice la
correspondiente búsqueda en Internet. Encontré una noticia en El País, sobre el atentado contra el centro
juvenil y en el que se recogen declaraciones de Eusebio Castillo, el sacerdote
coadjutor de la parroquia. Este verano, en el segundo volumen que la editorial
La Catarata ha dedicado a relatos sobre la historia de Comisiones Obreras, se
recoge este episodio de la "parroquia de los líos", en un capítulo
titulado El eco de su voz, de Daniel Bernabé. Habla Eugenio Castillo, cura coadjutor de la parroquia:
"Los atentados comenzaron en el
barrio cuando nos ocupamos nosotros de la parroquia: nos han amenazado por
teléfono y por escrito. Hace un año dieron una paliza y amenazaron con una
pistola al párroco de la parroquia de la Virgen de la Fuensanta, con la que
trabajamos; después, golpearon a Florián Lorio, párroco de nuestra iglesia;
hace mes y medio quemaron el Seat 850 de mi propiedad y vinieron cuatro
personas a buscarme a casa, por esta razón tuve que marcharme unos días fuera
de Madrid y lo último que han hecho fue quemar un Simca 1200 de un miembro de
nuestra comunidad católica”.
Para hacernos una idea del nivel de
peligro, baste decir que uno de los implicados en las agresiones contra la
comunidad parroquial era Leocadio Jiménez, la persona que suministró las armas
con las que se cometió el atentado contra el despacho de abogados laboralistas
y asesores de las asociaciones de vecinos que el PCE tenía en la calle de
Atocha. Bernabé retrata a Jiménez de la siguiente manera:
"Uno de esos renuentes se llama
Leocadio Jiménez y, si alguien le pregunta, lo dice sin ningún sonrojo: yo soy
nazi. Delgado, de cara, más que de facciones marcadas, cadavérica. Bigote y
gafas negras. Un ex divisionario [de la División Azul, se entiende] que ve que
el barrio se le está llenando de rojos y de gentuza. Un tipo que se pase con la
camisa azul mahón y si alguien le tose no duda en enseñar la pistola, con una
calavera en la empuñadura. Es uno de los que ha metido fuego a los coches de los
curas y, con otros camaradas, ha puesto dos bombas que han reventado la
parroquia, a la que antes, antes de que llegaran los nuevos curas, él y gente
como él eran devotos. Un tipo sin mayor oficio que el de la muerte, uno que
sabe apretar el gatillo, uno que siempre cumple órdenes".
Supongo a Leocadio Jiménez no le gustaban
las homilías de Florián. Tampoco las de Eugenio. Ni que los sacerdotes
implementaran en la parroquia los cambios auspiciados por el Concilio Vaticano
II. Supongo que tampoco el hecho de que los curas abrieron la parroquia a las
asambleas de los obreros del sector del metal en huelga (finales de 1975,
comienzos de 1976). Supongo que a Leocadio le gustaban los curas que no se
metían en política.
Cuando el sacerdote con el que desayunaba
aquella mañana repitió aquello de “la parroquia de los líos” me hubiera gustado
responderle aquello de bienaventurados los perseguidos por causa de la Justicia
(Mt 5, 10-12). Pero invitaba él y para qué meterse en filípicas.