En 2002 desgobernaba España José María Aznar. Poco antes de casar a su hija en El Escorial, una boda llena de futuros presidiarios, su desgobierno aprobó una reforma laboral que enflaquecía el ya famélico subsidio de desempleo. Por entonces yo era militante de la Juventud Obrera Cristiana (JOC) y de Comisiones Obreras. Lo segundo diría que es genético y que estaba predestinado a serlo.
Con esas militancias y con una huelga general a la vista, tenía un cerro de números de cruzarme con la UIP, los antidisturbios, y tener un desigual intercambio con ellos. Desigual porque, aunque tenía 21 años menos, con 21 años menos de lecturas, dialécticamente ya estaba bastante entrenado. Pero los alegres muchachotes de la UIP tenían sus porras y sabían usarlas. Siempre me preguntado porque los policías llaman defensas a algo que esta pensado precisamente para lo contrario, la agresión.
El caso es que formaba parte un aguerrido piquete de militantes de la JOC, de la Asociación de Vecinas La Amistad de Canillejas, un sacerdote y dos religiosas. Vamos, los chicos de Líster, la vanguardia el Ejército Rojo. En la puerta de un centro comercial en el distrito de San Blas informábamos a la gente de que, con toda probabilidad, en su momento de sus precarias vidas laborales (insisto: San Blas) necesitarían el subsidio de desempleo y que no era el mejor día para comprar. Entonces llegaron ellos, seis centauros subidos en sendas motocicletas. Esperábamos lecheras y llegaron scooters. Un poco más y llegan en un vespino. Berlanga lo hubiera gozado.
Se distribuyeron alrededor nuestro, y a mi me toco un agente ya entrado en años y al que la noche de vigilia persiguiendo sindicalistas de los de verdad le estaba pasando factura. Unos minutos después, por sacar un tema de conversación le pregunté al agente que si no tenía algo mejor que hacer, digamos que algo con mayor utilidad social. La respuesta fue hilarante: "Estoy aquí para defender el derecho al trabajo". Dudo mucho que supiera lo que me decía y la cara se le fue llenando de arrugas y las ojeras casi le tocaron la barbilla después de la perorata que le solté sobre el derecho fundamental que es la huelga. En un momento, de repente. se transformó. No sé de donde sacó la energía, pero dijo algo como "Disuélvase o te crujo", poniéndome la defensa muy cerca de la cara. Qué incoherencia pensé: pasó del uso del usted al tuteo, al tiempo que me pedía algo que era física, biológica e incluso metafísicamente imposible: que por mis medios me disolviera. Entonces alguien del piquete dijo, mientras apretaba los ojos y hacía una mueca de esfuerzo, "agente de verdad, lo intento, lo intento de verdad, pero no puedo disolverme". La risotada general se alzó poderosa hacia el cielo (recuerde la lectora la composición del piquete)
Lo que les faltaba a los fatigados servidores públicos. Al gracioso le cayó la del pulpo. Y yo me sorprendí a mismo corriendo más rápido de Usain Bolt en la final de los cien metros lisos en los juegos olímpicos. Luego pensé que valiente, lo que se dice valiente, no estuve. Y me fustigué tarareando una canción de Billy Bragg, Never cross a picket line.
Me acordé de mi sanchopanzista huida viendo por televisión a un atribulado antidisturbio pidiendo por favor a unos manifestantes que desalojaran la calle Marqués de Urquijo. Por favor. Y para darle más contundencia a su demanda les dice que no puede hacerlo con más amabilidad. O tempora o mores.
P.S. Diez años después, en la huelga general de marzo de 2012, pasé de huir sanchopanzistamente a una postura más quijotesca. Será porque ya no podía correr y de la necesidad, virtud.
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