sábado, 18 de noviembre de 2023

La amabilidad del antisdisturbio

En 2002 desgobernaba España José María Aznar. Poco antes de casar a su hija en El Escorial, una boda llena de futuros presidiarios, su desgobierno aprobó una reforma laboral que enflaquecía el ya famélico subsidio de desempleo. Por entonces yo era militante de la Juventud Obrera Cristiana (JOC) y de Comisiones Obreras. Lo segundo diría que es genético y que estaba predestinado a serlo.

Con esas militancias y con una huelga general a la vista, tenía un cerro de números de cruzarme con la UIP, los antidisturbios, y tener un desigual intercambio con ellos. Desigual porque, aunque tenía 21 años menos, con 21 años menos de lecturas, dialécticamente ya estaba bastante entrenado. Pero los alegres muchachotes de la UIP tenían sus porras y sabían usarlas. Siempre me preguntado porque los policías llaman defensas a algo que esta pensado precisamente para lo contrario, la agresión. 


El caso es que formaba parte un aguerrido piquete de militantes de la JOC, de la Asociación de Vecinas La Amistad de Canillejas, un sacerdote y dos religiosas. Vamos, los chicos de Líster, la vanguardia el Ejército Rojo. En la puerta de un centro comercial en el distrito de San Blas informábamos a la gente de que, con toda probabilidad, en su momento de sus precarias vidas laborales (insisto: San Blas) necesitarían el subsidio de desempleo y que no era el mejor día para comprar. Entonces llegaron ellos, seis centauros subidos en sendas motocicletas. Esperábamos lecheras y llegaron scooters. Un poco más y llegan en un vespino.  Berlanga lo hubiera gozado. 

Se distribuyeron alrededor nuestro, y a mi me toco un agente ya entrado en años y al que la noche de vigilia persiguiendo sindicalistas de los de verdad le estaba pasando factura. Unos minutos después, por sacar un tema de conversación le pregunté al agente que si no tenía algo mejor que hacer, digamos que algo con mayor utilidad social. La respuesta fue hilarante: "Estoy aquí para defender el derecho al trabajo". Dudo mucho que supiera lo que me decía y la cara se le fue llenando de arrugas y las ojeras casi le tocaron la barbilla después de la perorata que le solté sobre el derecho fundamental que es la huelga. En un momento, de repente. se transformó. No sé de donde sacó la energía, pero dijo algo  como "Disuélvase o te crujo", poniéndome la defensa muy cerca de la cara. Qué incoherencia pensé:  pasó del uso del usted al tuteo, al tiempo que me pedía algo que era física, biológica e incluso metafísicamente imposible: que por mis medios me disolviera. Entonces alguien del piquete dijo, mientras apretaba los ojos y hacía una mueca de esfuerzo, "agente de verdad, lo intento, lo intento de verdad, pero no puedo disolverme". La risotada general se alzó poderosa hacia el cielo (recuerde la lectora la composición del piquete)

Lo que les faltaba a los fatigados servidores públicos. Al gracioso le cayó la del pulpo. Y yo me sorprendí a mismo corriendo más rápido de Usain Bolt en la final de los cien metros lisos en los juegos olímpicos. Luego pensé que valiente, lo que se dice valiente, no estuve. Y me fustigué tarareando una canción de Billy Bragg, Never cross a picket line. 





Me acordé de mi sanchopanzista huida viendo por televisión a un atribulado antidisturbio pidiendo por favor a unos manifestantes que desalojaran la calle Marqués de Urquijo. Por favor. Y para darle más contundencia a su demanda les dice que no puede hacerlo con más amabilidad. O tempora o mores.


P.S. Diez años después, en la huelga general de marzo de 2012, pasé de huir sanchopanzistamente a una postura más quijotesca. Será porque ya no podía correr y de la necesidad, virtud.



  

jueves, 9 de noviembre de 2023

Bares, qué lugares...

He sido especialmente feliz en varios sitios. En librerías (sobre todo en la cuesta de Moyano) y en bares.  Cuando uno dice que ha sido feliz en la librerías,, se corre el riesgo de quedar como un pedante. Pero es cierto: encontrar un libro de Vázquez Montalbán o de Leonardo Sciascia descatalogados es un placer asumible para alguien que tiene un sueldo magro, por poner un adjetivo suave a mi sueldo. 

Por otro lado, si uno dice que ha sido especialmente feliz en los bares, pues queda como un beodo. Pero las vivencias no están necesariamente vinculadas al consumo de alcohol o de alimentos fritos en aceites de dudosa calidad y excesivamente reutilizados. La felicidad provenía de compartir la cerveza o el kalimotxo con otras personas. Noches que se alargaban entre el humo, los minis y las conversaciones en un bar llamado La Pepita, en Malasaña, junto con con un grupo de freaks... Proust tenía una magdalena, yo el sabor del kalimotxo y las alitas de pollo. Cutre, pero feliz.

El caso es que en The Economist he leído un artículo titulado Apart, together, sobre tendencias en el consumo en países ricos. Básicamente dice el autor que si bien los indicadores macro, incluido el empleo, han vuelto a sus niveles previos al COVID,  el consumo en los pubs y bares no se recupera. Los consumidores en los países ricos se han convertido en ermitaños. Consumen, sí, pero en sus casas, gastándose el dinero en bienes. Bicicletas estáticas, por ejemplo. 

A mi me da que no es lo mismo pasar la tarde del sábado montando en bicicleta estática, viendo una serie, que pasarla jugando al risk o al trivial en La Manuela (lo mío son los bares con nombre de mujer, parece ser), con un rendimiento como jugador inversamente proporcional al número de gin tonics y a la hilaridad sobrevenida que el alcohol y la conversación producen. Y, de vez en cuando, el amor. Ya lo decía Gabinete Caligari: no hay como el calor del amor en un bar.



Es posible que si la lectora de estas líneas viva en esta fiesta de la hostelería que es la Comunidad de Madrid, argumente que aquí los bares están atestados. Pues sí, pero algo tiene que ver el fenómeno de la turistificación. Pero ese es otro debate. 

Más solos, más aislados. Cambio antropológico. El neoliberalismo avanza victorioso en la lucha final.

viernes, 3 de noviembre de 2023

Netanyahu embarazado

 

Por un rato me gustará parecerme físicamente menos a Sancho Panza y más a Paul Newman en  Éxodo. La película de Otto Preminger, basada en la novela homónima de Leon Uris, es una apología sionista: unos judíos muy buenos y unos palestinos muy siniestros. 




He buscado relatos y películas en las que se den intercambios de cuerpos y mentes. Relatos de intercambios de fundas corporales (el concepto no es mío: gracias a la compañera que lo compartió conmigo). No he encontrado gran cosa, menos que merezca la pena.

Pero me he puesto a fantasear: cómo sería mi vida con la percha de Paul Newman, y de ahí he pasado a pensar en cómo resultaría el intercambio entre Netanyahu y una mujer palestina embarazada y fuera de cuentas en Gaza. Y de ahí he pasado, poniéndome estupendo, a pensar en el papel del pueblo palestino como mano de obra barata y sometida en la economía israelí, encerrada en un bantustán como en el que los afrikaners pretendieron encerrar a los africanos de color durante el apartheid (https://laboromniavincit2018.blogspot.com/2020/09/).  

Porque me da que este conflicto se puede resumir de la siguiente manera: las ultraderechas laica y religiosa israelíes se enfrentan a la ultraderecha religiosa palestina, según la opinión del profesor de filosofía del derecho de la Universidad de Valencia Javier de Lucas. A lo que añado que ambas sojuzgan a la clase trabajadora palestina de Gaza. Con lo que el conflicto, en realidad, no es sino una expresión más de lucha de clases. Quizás si la clase trabajadora israelí fuera consciente de su sometimiento a las ultraderechas laica y religiosa y, rizando el rizo, los trabajadores de la industria de armamentos tomaran conciencia de su ser obrero y humano y se declararan en huelga mientras dure el conflicto, lo mismo se paraba la masacre en Gaza.

Pero se me antoja que esta última ensoñación va a ser difícil que se haga realidad. Tanto como que Bibi Netanyahu no se vea lo pies por culpa de su avanzado estado de gestación. Tanto como que yo me mire al espejo y sonriendo me diga “qué ojazos azules tienes, bribón”